martes, 5 de mayo de 2015

Érase un día en la vida de un venezolano


5:30 a.m.- El sol entra por la ventana... pero ¿qué hace el sol tan temprano pegándome en toda la cara? Claro, la media hora aquella que nos quitaron. Hay que ver, esta gente hasta media hora nos robó.

Intento bañarme, no hay agua. Bueno, en realidad agua hay, lo que no hay es luz. En consecuencia la bomba no funciona. "Amor, pásame el tobooooo".

6:10 a.m.- Salgo de la casa, sin desayunar porque la charcutería está muy cara y el poquito que queda es para la cena. "Come cualquier vaina en la calle", dice mi esposa. 

Saco un billete de 100 para pagar la empanada y la malta, y espero. La espera se hace larga mientras el dependiente va transformando el rostro. De la amabilidad del "¿qué te doy papa?", pasa al frío y cortante "falta mi pana". Coño, 120 bolos que se pierden porque la carne mechada parecía untada con aerosol, y eso a las 10 de la mañana no será más que una anécdota para contar a los panas.

6:30 a.m.- 120 bolos más pobre toca ir a trabajar. Gracias Cuarta República por el Metro, la gran solución para Caracas. Como puedo entro a la estación y tras forcejeos varios logro ubicarme en el andén. En el "gusanito" que se hace no logro saber a ciencia cierta si estoy cerca o lejos de montarme.

No importa, llegó un tren vacío. Ante la duda de si montarme o no, un grupo de muy poco amables obreros/pasantes Inces/cajera de Banesco (nada que ver con el comercial), me lanzaron con tal fuerza dentro del tren que casi salgo del otro lado. Pero bueno, ya estoy allí y en minutos estaré en mi destino.

7:30 a.m.- No estoy cerca de llegar a mi destino. Resulta que un débil de espíritu y mente decidió ponerle punto final a su existencia en estas latitudes lanzándose a las vías. Retraso, calor, gente amotinada. Caldo de cultivo para los enfrentamientos de cualquier tipo.

El carajo que tengo atrás quizás no sabe que yo sé que me lo está recostando sin ningún disimulo. Pero no hay escapatoria. Es recostón, o cata de aromas cerca de la puerta. ¿Cómo puede ser humanamente posible oler tan mal a esa hora?

8:20 a.m.- Decidí no seguir creyendo en el "pronto reiniciaremos movimiento" que sugería el operador del tren donde iba. Decidí poner manos a la obra y culo en moto. Tomar un moto taxi me permitiría llegar rápido a mi destino. Pero, ¿a qué precio?

"Son 150, y si quieres te devuelvo y coges el Metro a ver si vas a llegar". Con un mototaxista no se discute. Además todavía estaba pálido del susto al ver la intrepidez con la que sorteaba los retrovisores de los carros. Claro, le dio a un par en la vía, pero con solo mirar al conductor y decirle "¿te vas a arrechar diablo?", cerraba cualquier oportunidad al diálogo o al reconocimiento de deuda alguna por el daño causado.

8:30 a.m.- Le explico al jefe la causa del retraso, le muestro tuits de @CaracasMetro, de @Metro_Caracas, hasta de @HaimanVZLA. Ni puto caso. Para él, disfruto dándome ese baño de pueblo todos los días. Segundo llamado de atención en la semana, porque el primero fue cuando me vio ponerle azúcar al café. "Tómate eso así vale, ¿sabes cuánto gasta la empresa en azúcar? Y de paso no hay". 

Claro, si seguía consumiendo una cucharada de azúcar con el microscópico vaso de café que me sirvo, no iba a poder comprar su camioneta modelo 2016 (que la debe haber traído del futuro, porque ni idea como hace para tener un carro nuevo en un país con las ensambladoras paralizadas).

Pero bueno, todo sea por ese aumento que han pospuesto en dos oportunidades a la espera "que las condiciones estén dadas". El jefe está arrecho, no me habla.

10:30 a.m.- Y más que se va a arrechar. Hoy es el día que me toca para comprar productos básicos en el supermercado. No se todavía que voy a encontrar. Hay una cola y me meto de una, en el camino me dirán para qué es.

En realidad nadie sabe, sólo especulaciones. Leche en polvo dicen unos, café dicen otros. Mi mente comienza a recordar esas mañanas de café con leche y cereal para el desayuno. Todo un lujo reservado para el imaginario. Tres horas después, al llegar al final de la línea sólo había afeitadoras... algo es algo. Al menos me podré quitar la barba. No engaño a nadie con el discurso de "es la moda".

1:50 p.m.- Almuerzo caleta en la oficina. No, no porque lo prohiban. Es porque hoy llevé sólo arroz y vegetales. Carne no hay, pollo queda poco en la nevera y cuesta mucho. Prefiero reservarlo para ocasiones especiales. ¿Pescado? Recuerdo haber comido pescado hace años... había una gaita incluso de un tipo que los había comprado en el mercado porque el lomito estaba caro. 



No imagino que se comerían ahorita.

5:00 p.m.- Salida. No me quedo mucho tiempo por múltiples razones. No me pagan horas extras, no quiero que me digan jalabola, y las más importante... preservar mis bienes, entre ellos la vida.

5:10 p.m.- Mis esfuerzos fueron en vano. Al salir un motorizado me arrebató el teléfono con una habilidad única. Pensarán que estoy loco, pero se me hizo familiar incluso. Claro, el mototaxista de la mañana, que remata su faena robando teléfonos por las tardes. Ni modo, no puedo ni tuitear mi arrechera sino hasta mañana que regrese al trabajo, porque el ABA se cayó en la casa desde hace dos meses y CANTV como si la vaina no es con ellos.

7:20 p.m.- Finalmente llego a la casa. Le pedí el teléfono al carajo que me lo recostaba en la mañana, por lo menos para tenerlo como opción. Quizás pasado el día, después de tanto coñazo, me hacía falta algo de contacto humano. 

Cariñoso al menos, porque el lepe de mi esposa no fue normal al contarle que me habían tumbado el Blackberry. Para colmo, llegó visita y le tuvimos que dar las tres rodajas de jamón y las dos de queso amarillo que quedaba. 

Comería Perrarina, como dicen los "rojitos" que comíamos en la Cuarta, pero al perro en la primera que comenzó el peo económico lo dejamos subiendo hacia El Junquito. Estoy convencido que ahora está en un lugar mejor, comiendo de las sobras de las chicharroneras del lugar. ¡Qué envidia!

9:00 p.m.-  Cuesta conciliar el sueño. Claro, con el hambre que tengo. Dicen que para esas noches de insomnio, nada como una buena dosis de cama (si saben a lo que me refiero) para poder dormir.

Pero no hay condones ni anticonceptivas, así que "de aquello" nada.

11:15 p.m.- Paso los canales y veo Zurda Konducta. Hablan de los logros del Gobierno Revolucionario, y como en Venezuela somos más felices que nunca antes en la historia. 

Acto seguido le lanzo un zapato al televisor, con el suficiente tino y fuerza para tumbarlo de la mesa y se cae. Ahora sí, ¡estoy jodido!

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Epílogo

Esta es una historia real, le sucedió al amigo de un primo hermano del cuñado de una amiga que trabajaba conmigo.

Cuentan que el carajo se fue a Panamá. Nadie sabe realmente lo que hace, pero por Facebook coloca fotos de supermercados con los anaqueles full. Me imagino que estará pelando bola igual porque el carrito se ve vacío. Pero al menos con un teléfono para tomar fotos y publicar cosas, sin temor a que lo metan preso por tomar foto o lo maten por el aparato.

Quizás a eso se refería Lorenzo cuando decía eso de "cambiar unos problemas por otros...".

Unos dirán que exagero, pero, ¿en verdad exagero? ¿no es plausible que algo así le pueda ocurrir (o le haya ocurrido ya) a cualquiera de nosotros?

miércoles, 4 de marzo de 2015

Érase un matrimonio II



El lunes 20 de agosto de 2012 escribí un post titulado “Érase un matrimonio” http://asinostoco.blogspot.com/2012/08/erase-un-matrimonio.html. Aunque uno tiene pareja, realmente uno no “planifica” ni elige el cuándo se va a casar. Al menos uno el hombre no. 

Pasa que un día bajas la guardia y tu pareja te hace una de las preguntas más difíciles de contestar en la historia de la humanidad, casi al nivel del color del fulano vestido: “¿hacia dónde va esta relación? Para uno, la relación es algo estático. No va para ninguna parte porque no tiene patas, ni tiene adonde dirigirse.

Para las mujeres, las relaciones son seres vivos que nacen, crecen, se desarrollan y mueren de mengua como aquella canción de Arjona (qué pavosa referencia, pero bueno…) si no se les mantiene con los cuidados necesarios. Total, que la relación para ellas si tiene un “pa’ donde ir”. Y ese donde no es más que un altar, o mesa de juzgado para los que deciden no dar el salto completo.

En aquel escrito de 2012 decía que según el censo son cada vez menos las personas que se casan. Les puedo decir con certeza que los últimos dos meses antes del civil y hasta después del eclesiástico, las noches de sueño no eran más que un recuerdo. 

Todo inicia con los preparativos. Casarse no es fácil. No basta el amor. El amor debe estar soportado por cientos de miles de trámites burocráticos absurdos como la “carta de soltería”. Pasé 28 años de mi vida soltero, y el día que decido casarme, tengo que buscar un papel que de fe pública de que efectivamente soy soltero. Y no basta el papel, hay que buscar dos testigos que de igual manera certifiquen y den fe pública de que soy soltero. Como si ir a una notaría en Venezuela fuese un paseo por los jardines de Versalles.

Como las notarías siempre están full de gente que pasa por las mismas penurias que uno, realizando trámites inútiles que en otros países seguramente han evolucionado y se resuelven desde aplicativos móviles. Tienes dos opciones: regar la semilla de la corrupción, que es lo que mejor se da en suelo venezolano. O hacer las cosas “por lo legal” y dejar que se te pudra la vida.

Una vez “robado” por el funcionario público de turno, se cuadra todo lo relacionado a la firma. Olvídese de momentos novelescos. Ahí lo más bonito será en la noche cuando en la intimidad sellen su amor con una noche digna del Dallas Suites o del Aladdin en sus mejores tiempos. Eso es un trámite como firmar la compra-venta de un terreno o un permiso para viajar de menores. 

El funcionario mal encarado de turno le dirá todo lo que esté a su alcance para que sepa en el tremendo peo (problema para gente que lee desde otros países) que usted está asumiendo, “libre y voluntariamente”. Esto último lo pongo entre comillas porque… seamos honestos… ¿es “libre y voluntario” cuando te encierran y te preguntan “hacia dónde va la relación? La coacción es tácita.

Luego viene la preparación del bonito, el de la iglesia. Desconozco la historia en otros países, pero en Venezuela y porque seguramente es Venezuela, hay todavía más trámites y más burocráticos (y también más inútiles) que para casarse por el civil.

Yo no he leído la biblia, y si alguien lo ha hecho y me puede sacar de la duda… Pero no recuerdo que Jesucristo para curar a Lázaro le pidiera informe médico de la lesión sufrida, partida de bautismo debidamente visada, y desde luego el respectivo “baje de mula” (pago) porque en esta vida ni la bendición de Dios es gratuita (cosa que dije en aquel momento).

Lo más irónico de la historia, es que cuando usted sale de la iglesia, con la bendición del Señor… inmediatamente cae en el pecado en la fiesta cuando de entrada te ponen “la chapa que vibra”. Adiós a la santidad del matrimonio, bienvenido lo mundano de la vida cotidiana.

Llegar hasta la “hora loca” no ha sido un camino fácil. Pero ir en el trencito al ritmo de la mejor canción del repertorio de Ricardo Montaner, “Vamos negro pa’ la conga”, es una señal de triunfo. Es gritarle al mundo entero… “nos casamos nojoda… lo logramos”. Contra trámites bruocráticos, familiares insidiosos, ex novi@s celosos, festejos que te aumentan los precios de un día para otro y no te llevan las cosas a tiempo, contra la estadística, contra las amigas solteronas que sólo ven lo malo porque saben que matarán el despecho viendo una y otra “50 Sombras de Grey” mientras devoran cotufas y tequeños en el cine como si eso dependiera su vida… contra todo eso y más… “¡Vivimos y Vencimos!”.

Todo lo demás que escribí en aquel artículo, lo certifico. Es así… 

En aquel post terminaba diciendo; “Es válido preguntarse, ¿por qué en Venezuela hay cada vez menos matrimonios?”. Les respondo que no todas las parejas están listas para sobrevivir a lo que implica el simple hecho de las ceremonias.

En 5 años, les escribiré sobre la vida en pareja.

PD: Aunque mi esposa no es asidua lectora de mi blog, aclaro que lo antes expuesto es un relato fabulado y algo exagerado sobre las dificultades a la hora de celebrar un matrimonio. Mi matrimonio estuvo lleno de momentos complicados, pero que gracias a la infinita paciencia desarrollada tras años de sólida relación… pudimos superar. Ah, y lo más importante… fui libre y voluntariamente (sin comillas).

PD2: Si desea ver "cómo fue la cosa", aquí una muestra...


jueves, 14 de agosto de 2014

Érase una salida al cine


La verdad era un sábado como cualquier otro. Nadie, ni aún el más pesimista, habría podido dilucidar lo que ocurriría. Todo comenzó como suelen ocurrir esas desgracias de nuestra vida cotidiana. Con esa pregunta que nos somete a una intensa reflexión, mas cuando se vive en un país como Venezuela: “¿qué vamos a hacer hoy?”.

Diversiones económicas en la tierra de los cuatro tipos de cambio, son difíciles de conseguir. Entretenimiento seguro en el país de los 24 mil y tantos homicidios al año, es todavía más complicado. Ir al cine parecía entonces lo más razonable. Claro, no sospechaba lo que vendría después.

Al llegar, lo de siempre. Gente que todavía no se acostumbra al hecho de no tener que verle la cara al cajero y tener una plática amena sobre las novedades del cine. Sólo una pantalla, un dispensador de tickets y un punto de venta. Todo muy frío, y al parecer… muy complicado.

Tras horas de esperar que las únicas dos personas que tenía por delante terminaran su proceso, me dispuse a seleccionar la película, los asientos y a dar horas de vuelta por el centro comercial hasta que se hiciera la hora de la función.

Hice la cola para la compra de las infaltables cotufas, que al final es la razón de ser de la ida al cine (comer cotufas). Claro, no es tan fácil como lo cuento acá. Tuve que esperar que, de nuevo, las únicas dos personas que tenía por delante tuvieran un acalorado debate sobre qué iban a pedir (a pesar de haber tenido mucho tiempo en cola para decidir).

Comienza la aventura

Armado y listo, me dirigí a la sala. Había una cola, algo que en la Venezuela actual es muy común ver. La pregunta era, ¿por qué la cola? Siendo que los puestos están enumerados, ¿cuál era la necesidad de trasladar ese hábito tan desagradable (como es hacer cola) a un lugar de entretenimiento como el cine? No hice caso a la señal, y me dejé llevar al desastre.

Una vez en la sala tras esperar tranquilamente sentado mientras la gente de la cola se mataba por entrar a sus puestos perfectamente enumerados, decidí alistarme para disfrutar de la película. Claro, previo a ver los “previews”.

Bueno de “previews” poco. Realmente fueron 45 largos e interminables minutos de comerciales pésimamente elaborados, producción nacional sin lugar a dudas. No conforme con ello, y a pesar de que todos los boletos tienen los puestos enumerados, no faltaba la familia de 20 tíos y 300 carajitos que se perdían en la sala. “Gustavooooooooooo… Gustavoooooooo… Aquíiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiii”. No es que el comercial de El Silbón de Banco Exterior sea algo para deleitarse, pero ¿por qué subnormal tienes que pegar gritos como una… subnormal?

No conforme con la muestra de los peores comerciales, cuando parecía que finalmente había una luz al final del túnel del agobio… no… ahora viene un video de un grupito caraqueño bastante sobrevalorado.

Está bien que todo el mundo ama a La Vida Boheme, que ganaron un Grammy Petare, Grammy Caricuao… que se yo. Regionalizan tanto los premios para poder honrar a la mediocridad. En fin… Nunca los había escuchado porque intuía que no me iban a gustar y efectivamente. Un video tan mal hecho, como los comerciales que había visto antes. Y la canción… oh, Dios. Cada nota y cada verso era una patada en un testículo. Fue una tortura de seis minutos.

Encima al final ponen hasta los créditos. Me imagino que es para que el tribunal de la buena música los pueda identificar y acusar por el daño causado a tantas personas.

Finalmente... la película

Ahora sí, sin más preámbulos. Llegó la hora de la película. Si no han visto Maléfica, pueden hacerse un favor y no ir a verlo. Y mis condolencias a los que han tenido que ver ese intento de… de… la verdad no se que quisieron hacer. No era del todo infantil, a juzgar por la crisis de una pobre niña de cinco años sentada unos puestos delante de mí.

No era tampoco comedia, ni drama, ni romance. Creo que era simplemente mala. Pero eso era lo de menos. Era una de esas películas que ves con tu pareja para que luego te deje ver la de Adam Sandler que tampoco cambiará tu vida, pero al menos algunas risas te echas.

Transcurridos apenas los primeros minutos van la primera tanda de niños al baño. ¿Qué pasa con las vejigas de los niños de ahora? ¿Por qué no pueden retener la orina? Peor todavía, ¿por qué debo enterarme yo, y toda la sala, que tu hijo bestia tiene que ir al baño?

Detrás, una abuela que se ve que la última película que vio en cine fue “El Santo y Blue Demon vs. Drácula y El Hombre Lobo”, comentaba a su nieto todo cuanto ocurría en la película. “Ahí van para la casa, si…” “Esa es la misma que aparecía antes chiquita, pero claro… ahí está vieja”. No señora, vieja usted. Vieja y estúpida. Las películas están tan bien hechas, al menos las extranjeras, como para no necesitar comentaristas. Y créame, no me interesan sus comentarios. Tampoco a su nieto, que encontró más divertido destrozarle la espalda a mi novia con las patadas al asiento.
De paso, la doña se le comió el chocolate al nieto. Lo cual provocó la ira del nieto y su reclamo, del cual nos enteramos todos en la sala. La película avanzaba, pero yo sentía que mi vida se había detenido en una espiral de niños meones y viejas insolentes.

Como siempre, en toda sala de cine venezolana, hay “el espontáneo”. Ese que le gusta soltar un comentario en los pocos momentos de silencio de la multitud, para un comentario que solamente él cree que es chistoso.

“Jonróoooooooooon” soltó al momento que Maléfica le daba un garrotazo a alguien (tranquilos, nada que devele lo horrible de la trama). Por supuesto sus acompañantes, con las mismas deficiencias intelectuales que él, le siguieron en risas y aplausos ante tal muestra de creatividad y gracia.

La película finalmente parecía estar llegando a algo. Tuvo su clímax justo cuando… llega la segunda tanda de niños al baño. Otra vez los papás resignados, por no enseñar a sus hijos a apretar fuerte y aguantar “un poquito”, saliendo uno tras otro. Pasan por delante sin pedir permiso, ni disculpa...Me hizo recordar a la chica del Metro que indignada decía “¿Qué pretenden? ¿Qué ande pidiendo disculpas a cada rato?

The End

Decía Héctor Lavoe, “Todo tiene su final…”. El sufrimiento llegaría a su fin con el esperado beso de Maléfica que rompió el hechizo de la princesa (jódanse, les conté el final). Y al irse la pantalla al esperanzador negro, que marcaba los últimos instantes de la tan prolongada angustia… Aplausos.

Sí, aplausos. Como si de una obra de teatro o concierto se tratara. Aplausos… aplausos en un cine. ¿Qué o a quién aplaudían? Porque ciertamente la película, y las actuaciones en dicha película, dejan bastante que desear. Pero todavía más allá de pareceres… ¿a quién aplaudían?

En verdad, ¿en eso nos hemos convertido los venezolanos? Como dije en mi cuenta en Twitter, ir al cine es una experiencia tan desagradable en mí país, que no se la deseo ni a mi peor enemigo.

Salí cansando, triste, decepcionado, robado (porque me bajaron 300 bolos por una cotufa, dos refrescos y unos tequeños fríos y chiclosos). En fin…


Al menos ciertamente se cumplió la promesa de la cadena de cines, porque de verdad fue “mucho más que película”.